En otros países europeos partidos de la extrema derecha empiezan a ocupar escaños en los parlamentos.
Es cierto que tienen éxitos en las elecciones de ámbito municipal, y casi siempre en las regiones (o lander, o como se denominen), de menor trascendencia.
Pero también hay que recordar que nunca la extrema derecha ha llegado al país democráticamente. Es una leyenda que lo hiciera el Partido Nazi, que llegó a ser la segunda fuerza política del país, pero alejados de poder formar gobierno por las urnas. Sin embargo, la situación de crisis en Alemania era tal que el Mariscal Hinderburg, que había manifestado su repulsión por Hitler más de una vez, se vio en la tesitura de entregarle el poder.
En España el P.P. ha sido un cauce donde han desembocado las fuerzas de la extrema derecha, y por ello puede parecer que la situación no es preocupante.
Pero lo es, y quizás más que en ningún otro país europeo. Su conspiranoia de ahora puede conducirles al liderazgo incontestable dentro del P.P., dejando sin voz al centro-derecha democrático español. Y ese sólo es el primer paso. Luego, como un castillo de naipes, buscarán que caigan las otras fuerzas democráticas.
Es indiscutible la expansión de la extrema derecha española. Tanto es así que hace veinte años les sobraba con El Alcázar, y ahora no tienen bastante con El Mundo.



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