No son noticias de ayer ni de hoy las que nos impulsan a plantearnos qué es realmente una democracia, qué criterios distinguen este tipo de régimen de otros caracterizados por la ausencia de libertades y de derechos.
La definición de la Wikipedia -como todas las demás definiciones- pone el hincapié en la capacidad del pueblo para gobernar, y cambiar en cualquier momento los gobernantes.
Y si lo primero a lo que se alude es a la etimología de la palabra -gobierno del pueblo-, una definición más extensa sigue por la división de los poderes que, tras la observación del modo de gobierno inglés, dejó escrito el Barón de Montesquieu en su Espíritu de las Leyes.
Ni que decir tiene que los escritos del francés no son más que deseos que no se han llegado nunca a cumplir, y siempre ha habido componendas entre las diversas personas que realmente ostentaban el poder.
Actualmente, con el poder que unos pocos han conservado en sus manos resulta ingenuo pensar que el pueblo es el soberano real de la nación.
Vistos los varios golpes de Estado que han sorprendido al mundo estos días, me atrevo a insinuar una definición de democracia, a marcar los linderos que separa una verdadera democracia de una aparente o ficticia.
La democracia es un régimen político en el que actores independientes del gobierno tienen la posibilidad de cambiarlo sin recurrir a la violencia. Actores puede considerarse los medios de comunicación, la oposición…. Medios puede ser cualquiera que provoque el cambio de gobierno, excluyendo la violencia, en cuyo caso estamos ante una dictadura o ante un golpe de estado de sentido dictatorial.
Por ejemplo, Hungría no es una democracia. Al parecer, las revueltas provocadas esta semana contra el gobierno han surgido por una filtración que ha tenido que realizar el propio presidente del gobierno, Ferenc Gyurcsany. Mal puede hablarse de un régimen democrático en un país donde la oposición, la prensa, u otros poderes fácticos, tienen que esperar la propia delación del gobernante para provocar un cambio.
Aplicando el cuento a España, podemos decir que la democracia, todavía joven, está perdiendo fuelle. Hace unos años actores ajenos al gobierno de Felipe Gonzáles pudieron hacer saltar la corrupción que por medios gubernamentales se callaba. Estábamos en una democracia plena. Ahora la oposición no tiene tanta fuerza. Y lamentablemente la actual oposición, que perdió las últimas elecciones por errores propios y todavía no lo ha asumido, ahora está en una campaña de paranoicos que lejos de conducirle al gobierno va a provocar un fuerte agrietamiento en la sociedad española.



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