La educación de los niños

 

La educación coartando y censurando las pasiones termina produciendo enfermos mentales, por no hablar de la generalidad de las personas, vulgares, mediocres, que ven la televisión, que se identifican con otras mediante signos exteriores, como la moda, punto al cual volveré cuando hable de lo que Fourier llamaba Pasión unitiva.

Esto se produce debido a la llamada ley de la entropía, segunda de la termodinámica, que ya los budistas Zen identificaron con el famoso signo que copio.

(nada es completamente yin, nada completamente yang.) El punto central de las escrituras: las Bienaventuranzas dadas por Cristo en el sermón de la montaña, también intuyen la entropía.

Como bien dice Bakunin, el idealismo empieza con Dios, con el hombre en el puesto central de la creación, un hombre único, inmortal, y termina produciendo mostruos: guerras, peste, pobreza, miseria… En cambio, aceptando nuestra naturaleza mortal, la inexistencia de una instancia sobrenatural que pueda redimirnos de nuestras flaquezas, de nuestras carencias, terminaremos siendo sublimes: otra manifestación del principio de la entropía.

El redescubrimiento de la pasión debe ser la principal tarea que los hombres acometan ahora. Tenemos todos los elementos para iniciar esta labor sin prejuicio alguno. Sabemos que somos el último momento de la evolución, pero que la mayoría de nuestras actitudes, comportamientos, vienen dados por elementos instintivos. Sabemos también que podemos alcanzar momentos de éxtasis, momentos de energía purísima, a través de la contemplación, a través de la felicidad.

Como dice Bakunin, la ciencia, la razón, puede alumbrar el camino de la humanidad de ahora en adelante; sin embargo será la vida, la pasión, la que nos conducirá por los derroteros que sean precisos, porque la fuerza de la vida es inigualable, y todos los intentos de las nuevas ciencias, Biogenética …, jamás podrán replicar la vida, de la misma manera que la filosofía es un ridículo intento, un arte fallido, de llevar al hombre hacia la felicidad. (Hume.)

Los hombres son sexualmente maduros a la edad de 11 años. ¿Por qué razón reprimir su sexualidad, su deseo, su ímpetu? Enseñar a colocarse un preservativo no es inmoral. Los hombres saben muy poco de moralidad, han desarrollado el Derecho, de tal manera que cualquiera de sus actuaciones tiene que ser reflejada en diversas actas, desde la partida de nacimiento hasta el acta de defunción; han desarrollado un Estado monstruoso que grava cualquier actividad, cualquier relación que se sostiene entre hombres, y que tiene poder para casi cualquier cosa, (sólo la pena de muerte ha sido descartada en los tiempos modernos); ha desarrollado la farmacología de tal manera que cualquier afección puede ser tratada a través de compuestos químicos, aunque no necesariamente resultan efectivos. Sin embargo, sus máximas morales no existen.

La moral se reduce al “imperativo categórico” de Kant, pedante expresión y criticable en muchos sentidos.

En primer lugar, porque esta expresión ya se encontraba en Buda y Confucio. La ética del budismo es profundamente deplorable en este sentido: toda una filosofía, toda una serie de leyendas para evitar el dolor, el dolor propio, y apenas una pocas máximas para el trato con los demás. Y apenas ninguna para el conocimiento de los demás, un error gravísimo que la humanidad debe reparar. De hecho, la misma enunciación del imperativo demuestra que no se conoce al otro: trátalo como a ti mismo. ¿Y si el otro es distinto?

(De igual manera, el principio Conócete a ti mismo, significa No conozcas a los demás.)

También en el evangelio de San Lucas aparece, precisamente tras el sermón de la montaña, donde se enuncia el principio de la entropía: Tratad a los hombres como queréis que ellos os traten a vosotros.(Lucas 5, 31)

En segundo lugar, porque es un mandato negativo: no hacer a los demás… Esto es simplemente un indicio de que no sabemos qué hacer con los demás. La aceptación de la muerte y la aceptación del otro, como procesos emocionales, más que cognitivos, es un avance que los tiempos exigen. Lo primero nos ayudaría a vivir más intensamente la vida; lo segundo, a no competir en vano por una serie de comodidades que en realidad no lo son tanto. Tenemos así que continuamente estamos tentados a adquirir objetos que después apenas usamos, puesto que el valor que le damos es el valor de adquisión, de cambio. Tenemos así una sociedad compuesta por individuos neuróticos que luchan denodadamente por obtener objetos, situaciones, status, cuya única satisfacción produce, si bien se mira, es la privación de los demás. (En eso consiste la economía, lo que trata de los objetos útiles y escasos, con lo cual se desmarca de la ciencia matriz, la filosofía, que había degenerado en ser puramente metafísica: la ciencia de lo que no existe.)

En tercer lugar, el imperativo categórico no puede ser útil en cuanto que apenas es una referencia: no hay ninguna distinción, apenas defiende a los otros hombres de estafas, de hurtos, de homicidios (de la privación propia de los instintos, de las pasiones: la envidia, la ambición, el odio.)

 

Bruno Calígine,

Discurso 1: De la educación de los niños

La educación de los niños

 

La educación coartando y censurando las pasiones termina produciendo enfermos mentales, por no hablar de la generalidad de las personas, vulgares, mediocres, que ven la televisión, que se identifican con otras mediante signos exteriores, como la moda, punto al cual volveré cuando hable de lo que Fourier llamaba Pasión unitiva.

Esto se produce debido a la llamada ley de la entropía, segunda de la termodinámica, que ya los budistas Zen identificaron con el famoso signo que copio.

(nada es completamente yin, nada completamente yang.) El punto central de las escrituras: las Bienaventuranzas dadas por Cristo en el sermón de la montaña, también intuyen la entropía.

Como bien dice Bakunin, el idealismo empieza con Dios, con el hombre en el puesto central de la creación, un hombre único, inmortal, y termina produciendo mostruos: guerras, peste, pobreza, miseria… En cambio, aceptando nuestra naturaleza mortal, la inexistencia de una instancia sobrenatural que pueda redimirnos de nuestras flaquezas, de nuestras carencias, terminaremos siendo sublimes: otra manifestación del principio de la entropía.

El redescubrimiento de la pasión debe ser la principal tarea que los hombres acometan ahora. Tenemos todos los elementos para iniciar esta labor sin prejuicio alguno. Sabemos que somos el último momento de la evolución, pero que la mayoría de nuestras actitudes, comportamientos, vienen dados por elementos instintivos. Sabemos también que podemos alcanzar momentos de éxtasis, momentos de energía purísima, a través de la contemplación, a través de la felicidad.

Como dice Bakunin, la ciencia, la razón, puede alumbrar el camino de la humanidad de ahora en adelante; sin embargo será la vida, la pasión, la que nos conducirá por los derroteros que sean precisos, porque la fuerza de la vida es inigualable, y todos los intentos de las nuevas ciencias, Biogenética …, jamás podrán replicar la vida, de la misma manera que la filosofía es un ridículo intento, un arte fallido, de llevar al hombre hacia la felicidad. (Hume.)

Los hombres son sexualmente maduros a la edad de 11 años. ¿Por qué razón reprimir su sexualidad, su deseo, su ímpetu? Enseñar a colocarse un preservativo no es inmoral. Los hombres saben muy poco de moralidad, han desarrollado el Derecho, de tal manera que cualquiera de sus actuaciones tiene que ser reflejada en diversas actas, desde la partida de nacimiento hasta el acta de defunción; han desarrollado un Estado monstruoso que grava cualquier actividad, cualquier relación que se sostiene entre hombres, y que tiene poder para casi cualquier cosa, (sólo la pena de muerte ha sido descartada en los tiempos modernos); ha desarrollado la farmacología de tal manera que cualquier afección puede ser tratada a través de compuestos químicos, aunque no necesariamente resultan efectivos. Sin embargo, sus máximas morales no existen.

La moral se reduce al “imperativo categórico” de Kant, pedante expresión y criticable en muchos sentidos.

En primer lugar, porque esta expresión ya se encontraba en Buda y Confucio. La ética del budismo es profundamente deplorable en este sentido: toda una filosofía, toda una serie de leyendas para evitar el dolor, el dolor propio, y apenas una pocas máximas para el trato con los demás. Y apenas ninguna para el conocimiento de los demás, un error gravísimo que la humanidad debe reparar. De hecho, la misma enunciación del imperativo demuestra que no se conoce al otro: trátalo como a ti mismo. ¿Y si el otro es distinto?

(De igual manera, el principio Conócete a ti mismo, significa No conozcas a los demás.)

También en el evangelio de San Lucas aparece, precisamente tras el sermón de la montaña, donde se enuncia el principio de la entropía: Tratad a los hombres como queréis que ellos os traten a vosotros.(Lucas 5, 31)

En segundo lugar, porque es un mandato negativo: no hacer a los demás… Esto es simplemente un indicio de que no sabemos qué hacer con los demás. La aceptación de la muerte y la aceptación del otro, como procesos emocionales, más que cognitivos, es un avance que los tiempos exigen. Lo primero nos ayudaría a vivir más intensamente la vida; lo segundo, a no competir en vano por una serie de comodidades que en realidad no lo son tanto. Tenemos así que continuamente estamos tentados a adquirir objetos que después apenas usamos, puesto que el valor que le damos es el valor de adquisión, de cambio. Tenemos así una sociedad compuesta por individuos neuróticos que luchan denodadamente por obtener objetos, situaciones, status, cuya única satisfacción produce, si bien se mira, es la privación de los demás. (En eso consiste la economía, lo que trata de los objetos útiles y escasos, con lo cual se desmarca de la ciencia matriz, la filosofía, que había degenerado en ser puramente metafísica: la ciencia de lo que no existe.)

En tercer lugar, el imperativo categórico no puede ser útil en cuanto que apenas es una referencia: no hay ninguna distinción, apenas defiende a los otros hombres de estafas, de hurtos, de homicidios (de la privación propia de los instintos, de las pasiones: la envidia, la ambición, el odio.)

 

Bruno Calígine,

Discurso 1: De la educación de los niños


8 Responses to “La educación de los niños”  

  1. 1 Multa en Zaragoza « Florispán

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