La guerra de las galaxias, los paraguas de la Gran Vía de Federico Chueca, los molinos generadores de viento, Julieta (la de Romeo), Calderón (el de la Barca), El Greco, las sardanas, Bin Laden, los terroristas suicidas con cartuchos de dinamita atados a la cintura, las madres que les lloran y que aúllan, la lectura de los Santos Evangelios, el Papa, la violencia doméstica, el PVC, el patinaje artístico, los ñapas, los artistas vanguardistas sin talento, las orgías que se montan en los lavabos de las discotecas…
Todo cabe En un lugar de Manhattan, la última obra de Els Joglars.
Si como he comentado en este blog el arte es la búsqueda de la conciencia, del sentido de la vida, esta versión libérrima del Quijote es un fascinante ejemplo de ello.
Boadella da dos vueltas de tuerca a la estructura del Quijote. Por un lado el protagonista no se vuelve loco por leer libros de caballerías, sino por leer el libro de Don Quijote, el hombre que se vuelve loco leyendo esa clase de libros. Por otro lado esos puentes entre realidad y ficción con los que Cervantes inaugura la novelística moderna se ven incluso más retorcidos. No hablamos de teatro dentro del teatro, sino de ensayo de teatro dentro del teatro. Como en el jazz (en relación con la música clásica), no se desperdicia ninguna posibilidad, ningún punto de vista. El conjunto quizás no tenga la armonía de un obra clásica, pero la sucesión incesante de gags, algunos profundamente afortunados, compensan con creces esa pérdida.
Mientras la directora de teatro argentina que pretende crear la versión del Quijote del siglo XXI desbarra con sus ideas, y se exponen en escena las vanidades de los actores, entra un fontanero, encarnado por Ramón Fontseré, un clásico de la compañia, que se cree Don Quijote y que habla y recita como él.
Don Alonso, así se hace llamar, comienza arreglando una gotera, mientras lo celebra con el lenguaje barroco de Don Quijote, como si hubiera remediado la mitad de los males del mundo. Poco a poco interrumpe los ensayos de la compañía, junto con Sancho, otro fontanero (otro loco) catalán llamado en realidad Jordi.
Sin quererlo, la compañía se mete en el juego de Don Alonso, y terminan remedando varios episodios del Quijote: el del vizcaíno (que es un cubano), la liberación de Ginés de Pasamonte (el gran hijo de puta), la ingesta del bálsamo de Fierabrás, que se convierte en un frasco medio vacío de Míster Proper, los encuentros con el Bachiller Carrasco disfrazado de caballero andante, la propia agonía y muerte, vuelto a la cordura, del personaje…
Un cubo, que sirve para remedar el yelmo de mambrino; los papeles de la directora de escena y una puerta son, junto con las gradas que simulan el teatro, la única escenografía. A falta de mayores estímulos, Boadella usa confusiones verbales (truco por turco…), para que Don Alonso refuerce su papel de Don Quijote. Y, este es el mejor golpe de la obra, al final termina creyendo que la directora argentina es Avellaneda, el escritor que dio a luz la versión apócrifa del Quijote.
La grandeza de Don Quijote es su capacidad de jugar, de crear él las reglas del juego, por encima de las limitaciones que los prejuicios, la sociedad, las tradiciones, nos imponen. Al final del libro cervantino se muestra el gran triunfo de Don Quijote: paradójicamente, a pesar de la derrota contra el Bachiller Carrasco en las playas de Barcelona, es Don Quijote quien triunfa, por cuanto había conseguido meter a todos los demás en su juego. Con el Quijote en Manhattan de Boadella, ocurre lo mismo.
Boadella dice en el programa de mano que su único fin es conseguir que la gente pierda el sentido del tiempo durante las dos horas del espectáculo. Conmigo lo ha conseguido.
Pero sobre todo ha conseguido plasmar, cinco siglos después, en un sucio mono de ñapas, la esencia de un personaje. Puede decirse que cuatro siglos más tarde, por fin, Don Quijote ha llegado a Zaragoza.



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