En el día de la efemérides del Real Zaragoza, su 75º aniversario, bodas de diamante, se ha demostrado que lo fundamental en un club es su afición, y ello en detrimento de uno de los razonamientos de la sentencia que echa atrás la reforma de La Romareda (resolución por otro lado impecable), que afirma que no hay un interés público o social tras el club.
La lectura de varias de las historias del club que los periódicos han editado estos días lo dejan claro. El Zaragoza (los tomates) habían desaparecido federativamente a final de 1931. No tenían equipo ni campo. Pero el Iberia -los avispas-, un club perfectamente saneado, renunció a los símbolos de la vieja rivalidad (camiseta, escudo…) para incorporar a la masa social del club extinguido.
Este domingo, en su 75º aniversario, la afición fue decisiva para la victoria. En un partido trascendente el público se portó como en una final, prestando aliento a un equipo mermado por las bajas en el descanso de Ewerthon y Gaby Milito, y fue decisivo sin duda en la victoria en un partido bronco y sin brillo.
El panorama es muy halagüeño. Creo que el anterior partido decisivo de la Liga fue contra el Valencia en La Romareda. Teníamos a los valencianos por debajo; el partido habia suscitado el interés de muchas televisiones del mundo. El Zaragoza llevaba una buena racha en casa sólo quebrada por una derrota in extremis contra el Osasuna. Entonces el Valencia ganó, nos recortó distancias y aquel equipo que estaba en el torno de la cuarta plaza bajó hasta la sexta, donde ha estado hasta ahora.
Ahora, a falta de once partidos, el Zaragoza está situado en la lucha entre el tercer y el sexto puesto, aunque no tan lejos de los primeros ni de los siguientes.
Con una liga tan apretada, cualquier resultado puede llevar a un equipo hacia arriba o hacia abajo. Los dos próximos partidos son complicados, Getafe fuera y Barça en casa. Pero este equipo tiene muchas cosas para seguir avanzando.
La primera, la afición.



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