Extraordinario articulo sobre como nos cambia Internet
Published July 12th, 2008 in Internet, PsicologíaPero la ayuda tiene un precio. Como señaló el teórico de los medios de
difusión Marshall McLuhan en los años sesenta, éstos no son sólo
canales pasivos de información. Suministran la materia para el
pensamiento, pero también conforman el proceso del pensamiento. Y lo
que la Red parece estar haciendo es socavar mi capacidad de
concentración y contemplación. Mi mente espera ahora captar la
información del modo en que la Red la distribuye: en una corriente de
partículas en rápido movimiento. En un tiempo fui un submarinista en el
mar de palabras. Ahora me deslizo por la superficie como un tipo en una
moto acuática.(…)
(…) Woolf le preocupa que el estilo de lectura que promueve la Red, un
estilo que coloca la “eficiencia” y la “inmediatez” por encima de todo
lo demás, esté debilitando tal vez nuestra capacidad para el tipo de
lectura profunda que emergió cuando una tecnología anterior, la prensa
impresa, hizo comunes y corrientes las largas y complejas obras de
prosa. Cuando leemos en línea, dice, tendemos a convertirnos en “meros
descodificadores de información”. Nuestra capacidad de interpretar
textos, de hacer las ricas conexiones mentales que se forman cuando
leemos con profundidad y sin distracción, sigue en gran medida
desconectada(…)
(…) Leer, explica Wolf, no es una habilidad instintiva de los seres humanos.
No está grabada en nuestros genes del modo que lo está el discurso.
Tenemos que enseñar a nuestras mentes a traducir los caracteres
simbólicos que vemos al lenguaje que comprendemos. Y los demás medios u
otras tecnologías que usamos al aprender y practicar el arte de la
lectura desempeñan un papel importante en la conformación de los
circuitos neurales que se encuentran en el interior de nuestros
cerebros. Los experimentos demuestran que los lectores de ideogramas,
como los chinos, desarrollan un sistema de circuitos mentales para la
lectura muy diferente del sistema que se encuentra en quienes, como
nosotros, cuya lengua escrita emplea el alfabeto. …
Internet, un sistema de computación inconmensurablemente poderoso, está
subsumiendo la mayoría de nuestras otras tecnologías intelectuales. Se
está convirtiendo en nuestro mapa y nuestro reloj, nuestra imprenta y
nuestra máquina de escribir, nuestra calculadora y nuestro teléfono,
nuestro radio y nuestra televisión.
…
El sistema de Taylor sigue en gran medida con nosotros: sigue siendo la
ética de la manufactura industrial. Y ahora, gracias al creciente poder
que los ingenieros en computación y codificadores de software ejercen
sobre nuestras vidas intelectuales, la ética de Taylor comienza a regir
también la esfera de la mente. Internet es una máquina diseñada para la
recolección, transmisión y manipulación automatizada de información y
sus legiones de programadores están concentrados en encontrar el “mejor
método único” —el algoritmo perfecto— para llevar a cabo cada
movimiento mental de lo que hemos llegado a describir como “trabajo de
conocimiento”.
Lo que Taylor hizo para el trabajo manual, Google lo está haciendo para el trabajo mental.
En la Fedra de Platón, Sócrates se lamentaba del desarrollo de
la escritura. Temía que, según las personas comenzaran a confiar en la
palabra escrita como sustituto del conocimiento que antes llevaban
dentro de las cabezas, en palabras de uno de los personajes del
diálogo, “dejaran de ejercitar su memoria y se hicieran olvidadizas”. Y
como podrían “recibir una cantidad de información sin instrucción
adecuada”, se les “considerara muy conocedores cuando la mayoría es
bien ignorante”. Estarían “llenas de la presunción de sabiduría en
lugar de verdadera sabiduría”.
Sócrates no se equivocaba —la nueva tecnología muchas veces tuvo los
efectos que temió—, pero fue miope. No podía prever las muchas formas
en que la escritura y la lectura servirían para extender la
información, estimular ideas nuevas y expandir el conocimiento (cuando
no la sabiduría) humana.
La llegada de la imprenta de Gutenberg en el siglo XV provocó
otra ronda de rechinamiento de dientes. Al humanista italiano Hieronimo
Squarciafico le preocupaba que a disponibilidad fácil de los libros
condujera a pereza intelectual, haciendo a los hombres “menos
estudiosos” y debilitando sus mentes. Otros aducían que los libros y
publicaciones impresas baratas socavarían la autoridad religiosa,
degradarían el trabajo de eruditos y escribas y extenderían la sedición
y el libertinaje. Como observa el profesor de la Universidad de Nueva
York Clay Shirky: “La mayoría de los argumentos que se opusieron a la
imprenta fueron correctos, incluso proféticos.” Pero, de nuevo, los
agoreros no fueron capaces de imaginar la miríada de bendiciones que
brindaría la palabra impresa.
En un ensayo reciente, el dramaturgo Richard Foreman describió con elocuencia lo que está en juego:
- “Procedo de una tradición de cultura occidental en que el ideal (mi
ideal) era la estructura compleja, densa, como una catedral de la
personalidad de alta educación y expresión, el hombre o mujer que
llevaba dentro de sí una versión individualmente construida y singular
del patrimonio completo de Occidente. [Pero ahora] veo dentro de todos
nosotros (yo incluido) la sustitución de la compleja densidad interna
por un nuevo tipo de ser que evoluciona bajo la presión de la
sobrecarga de información y la tecnología de lo “instantáneamente
disponible”.
En el mundo de 2001, las personas se han hecho tan similares a
máquinas que el carácter más humano resulta ser la máquina. Esa es la
esencia de la oscura profecía de Kubrick: según confiemos en las
computadoras para mediar nuestra comprensión del mundo es nuestra
propia inteligencia la que se aplana hasta convertirse en inteligencia
artificial.



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